La vida también se juega.

La vida no es cuestión de suerte ni de tener una buena mano.

A veces escuchamos: «Qué suerte tiene, a esa persona siempre le sonríe la vida». Miramos a otros y pensamos que todo parece acomodárseles, como si hubieran recibido cartas marcadas a su favor.

Y quizá sí. Quizá hay quienes reciben cartas que nosotros también hubiéramos querido tener.

Pero la vida es un camino que recorremos con las cartas que recibimos, con los recursos que tenemos y con los que vamos descubriendo mientras avanzamos. No siempre podemos elegir lo que nos toca, pero sí cómo jugarlo.

A veces habrá que arriesgarse sin plan B, confiar en ese as bajo la manga que llevamos dentro y aprender a sortear los giros inesperados del camino.

Solemos creer que todo es cuestión de suerte: estar en el lugar correcto, conocer a la persona correcta, tomar la decisión correcta. Pero también están los reveses.

Las cartas que no esperábamos.

Las que duelen.

Las que nos obligan a detenernos, a salir de lo conocido, a cambiar de estrategia, a barajar de nuevo y preguntarnos qué hacemos con lo que nos tocó.

Y sí, también se vale descartar. Soltar una carta que ya no sirve. Pedir otra mano. Cambiar de juego. Volver a empezar. Las veces que sea necesario.

Porque la vida, más que un juego de buena o mala suerte, es un juego de recursos. Y ahí aparece la resiliencia.

No como esa idea romántica de levantarnos siempre sonrientes, agradecer cada golpe y convertir cada herida en una lección bonita. No.

La resiliencia también es levantarse cuando no entendemos por qué nos tocó esa partida. Es quedarse un momento frente a las cartas. Llorar si hace falta. Enojarse. Aceptar que algunas manos duelen.

Y después, cuando podamos, recoger las cartas que quedaron sobre la mesa, respirar, mirar lo que todavía tenemos y volver a jugar.

Tampoco se trata de hacer trampa: ni esconder cartas, ni jugar con ventaja a costa de alguien más, ni fingir que tenemos una mano extraordinaria cuando no es así.

Se trata de jugar con las cartas abiertas. De mirar de frente lo que somos, lo que tenemos, lo que perdimos y lo que todavía podemos construir. De no necesitar engañar, manipular ni quitarle cartas a nadie para sentir que ganamos.

Quizá ganar no siempre significa tener más. A veces ganar es no perderte a ti mismo intentando ganar. Es conservar tus principios cuando sería más fácil traicionarlos. Es seguir siendo tú cuando la vida te pone frente a una partida que no elegiste. Es entender que una mala mano no determina toda la partida, y que una partida difícil tampoco determina quién eres.

Quizá la vida nunca se trató de recibir las mejores cartas, sino de descubrir qué podemos hacer con las que tenemos. De encontrar recursos donde creíamos que no había ninguno. De atrevernos a jugar aun sin conocer el resultado. De volver a barajar cuando sea necesario. Y de seguir caminando.

Tal vez ahí está una de las grandes libertades de estar vivos: no poder elegir siempre lo que sucede, pero sí cómo atravesamos aquello que nos sucede.

Al final, no se trata de ganar todas las partidas. Se trata de jugar la nuestra sin traicionarnos. Con las cartas sobre la mesa. Con el corazón abierto. Con la valentía de aceptar lo que fue, la inteligencia para reconocer lo que ya no sirve y el coraje para volver a apostar por la viday asi aeguir en este camino y …HabitARTE.

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