
Cambiar de escenario
Hay personas que no terminan una historia: simplemente cambian de escenario.
Yo digo… mismo infierno, diferente diablo.
Saltando de un “vínculo” a otro, de un cuerpo a otro, de una ilusión a otra, de una compañía a otra, convencidos de que la siguiente persona traerá aquello que la anterior no pudo.
Cambian de nombre, de mirada, de piel, de habitación, de promesa.
Y, sin darse cuenta, llevan consigo exactamente aquello de lo que intentaban escapar.
Porque cambiar de persona no siempre significa haber encontrado.
Y depende, en gran parte, de lo que cada humano busca, pues cada quien se engaña con la mentira que más le gusta.
Porque muchos de estos saltos significan no saber quedarse a solas con nosotros mismos. No tener autoconocimiento. No saber qué hacer con el silencio cuando ya no hay alguien que lo llene.
En la psicología, cambiar constantemente de vínculo, o mantener varios vínculos afectivos, sexuales o de pareja al mismo tiempo, puede convertirse en una forma de evasión.
No hay tiempo para elaborar una pérdida, atravesar un duelo, reconocer una herida ni preguntarnos qué parte de nosotros participó en aquello que terminó. Tampoco para preguntarnos por qué no logramos sostener un vínculo sano.
La siguiente persona aparece entonces como una especie de anestesia emocional: una distracción suficientemente intensa para no escuchar lo que duele.
Y así comienza el ciclo.
Termina una historia y comienza otra.
Aparece alguien nuevo y, con él, la sensación de volver a empezar.
La novedad seduce.
El deseo distrae.
La atención confirma que todavía somos deseables.
Por un momento parece que estamos avanzando.
Pero avanzar no siempre es moverse.
A veces avanzar significa perderse más y alejarse de uno mismo.
Y también está el cuerpo.
El sexo puede ser encuentro, deseo, juego, libertad, placer, intimidad y una de las formas más honestas de comunicación humana.
No hay nada que condenar en el deseo ni en una sexualidad vivida con libertad y responsabilidad.
Ese no es el problema.
El problema aparece cuando utilizamos el cuerpo de otra persona para intentar reparar algo que no le corresponde sanar.
Porque una cosa es compartir deseo y otra muy distinta es consumir intimidad sin responsabilidad.
Hay ocasiones en las que no buscamos realmente a alguien: buscamos dejar de sentirnos solos.
La soledad asusta porque, en la soledad, habla aquello que no queremos escuchar.
Buscamos validación, compañía, aprobación, una dosis de deseo que nos recuerde que seguimos siendo importantes para alguien.
Y durante unas horas quizá funcione.
Pero después, cuando el cuerpo se queda solo y vuelve el silencio, aquello que intentábamos evitar sigue ahí.
Incomodando.
Esperando a que le prestemos atención.
Y ningún buen sexo puede resolver una herida emocional.
Al contrario, a veces puede hacerla más grande o más profunda.
Socialmente, además, hemos aprendido a celebrar la incapacidad de estar solos.
Admiramos al que siempre tiene a alguien, al que nunca permanece soltero, al que rápidamente encuentra sustituto, al que colecciona conquistas como si la cantidad de cuerpos alrededor fuera una medida de valor social.
Confundimos disponibilidad con libertad.
Conquista con autoestima.
Compañía con plenitud.
Y no.
Tener muchas personas satelitales en tu vida no significa necesariamente tener intimidad con ninguna.
Puedes ser profundamente deseado y profundamente solo.
Puedes tener conversaciones, besos, sexo, mensajes, invitaciones y cuerpos alrededor de tu cama y, aun así, no sentirte verdaderamente visto.
Porque la intimidad no se mide por cuántas personas han pasado por nuestra vida, sino por cuánto de nosotros somos capaces de mostrar cuando ya no existe la novedad que nos protege.
Quizá por eso hay personas que no están buscando amor.
Están buscando escape.
Escapan del duelo.
Del silencio.
De la soledad.
De uno mismo.
De la responsabilidad de mirarse, hacerse cargo, conocerse y aceptarse.
Y, sobre todo, de esa pregunta que puede resultar mucho más incómoda que cualquier ruptura:
¿Qué estoy intentando no sentir?
Tal vez ahí comienza una forma distinta de madurez emocional.
Cuando dejamos de correr.
Cuando dejamos de buscar inmediatamente quién ocupará el lugar que alguien acaba de dejar.
Cuando entendemos que cerrar una historia no significa encontrar rápidamente otra, sino permitirnos atravesar lo que terminó.
Porque cerrar también es un acto de amor propio.
Es poder decir:
Esto terminó.
Dolió.
Aprendí.
Reconozco lo que hice bien y lo que hice mal.
No necesito convertir a otra persona en el tratamiento de mis heridas ni utilizarla como remedio.
No necesito un sustituto.
No necesito demostrar que ya estoy bien.
No necesito que alguien nuevo me confirme, me valide o me elija.
Puedo quedarme conmigo.
Y quizá eso sea mucho más difícil —y mucho más poderoso— que saltar inmediatamente hacia alguien más.
Porque amar de verdad también implica presencia y responsabilidad afectiva.
Implica permanecer cuando desaparece la euforia inicial.
Conocer al otro más allá de la novedad.
Permitir que el deseo evolucione.
Aprender a comunicarse.
Tolerar la incomodidad.
Ser vulnerable.
Ser responsable de lo que provocamos en el otro.
Amar no es consumir experiencias.
Es habitar presencia.
Y eso exige algo que nuestra época parece querer evitarnos a toda costa: profundidad.
No se trata de estar con alguien para no sentirnos solos, ni de buscar a alguien que acompañe esas sombras que gritan y que no queremos escuchar.
Se trata de aprender a estar con nosotros mismos para que, cuando alguien llegue, no tengamos que utilizarlo para creer que será nuestro salvador.
Porque aquí, en este plano, ojo:nadie salva a nadie.
Nadie debería llegar a nuestra vida para llenar un vacío.
Debería llegar para encontrarse con nosotros.
Con nuestra historia, nuestras contradicciones, nuestras heridas, nuestros deseos y también con nuestra capacidad de hacernos responsables de todo ello.
No necesitamos estar completamente sanos para amar.
No necesitamos ser personas perfectamente resueltas —eso, creo yo, casi no existe—.
Pero sí necesitamos tener la honestidad suficiente para no convertir nuestras carencias en responsabilidad de alguien más.
Y hay una diferencia enorme entre necesitar a alguien para sentirnos completos y elegir a alguien desde nuestra propia integridad.
La primera nace del miedo.
La segunda, de la libertad.
Por eso quizá el verdadero salto no sea de una persona a otra.
Quizá el verdadero salto sea hacia dentro.
Hacia ese lugar donde ya no podemos distraernos con mensajes, besos, sexo, atención o nuevas historias.
Ese lugar donde finalmente podemos mirarnos y decir:
No necesito a alguien para escapar de mí.
Puedo estar sola.
Puedo extrañar.
Puedo desear.
Puedo llorar.
Puedo cerrar una historia sin correr hacia otra.
Puedo esperar.
Puedo elegirme.
Y cuando llegue alguien, no tendrá que rescatarnos de la soledad ni llenar aquello que hace falta.
Llegará porque se quiere y se elige compartir, crecer, sostener.
No porque se necesita escapar de uno mismo.
Porque al final, amar no debería ser encontrar a alguien que nos complete.
Debería ser encontrarnos suficientemente enteros, suficientemente conscientes, como para no consumir al otro intentando sentirnos completos.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de libertad:
Dejar de necesitar a alguien para no tener que encontrarnos con nosotros mismos.
Porque cambiar de escenario es fácil.
Lo verdaderamente valiente es dejar de huir de nosotros.
Y así poder…
HabitARTE.
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