
Siempre se ha dicho que el ser humano utiliza apenas una pequeña parte de su verdadero potencial. Sin embargo, con los años he descubierto que el mayor misterio no está fuera de nosotros, sino dentro: nuestra mente, nuestras emociones y la forma en que habitamos el mundo.
En esa búsqueda del autoconocimiento comprendí algo que hoy sostiene mi manera de vivir:
La vida solo puede vivirse de dos formas: desde el amor o desde el miedo.
Puede parecer una afirmación demasiado simple. Tal vez lo sea. Pero las verdades más profundas suelen ser también las más sencillas.
No siempre elegimos nuestras circunstancias, pero sí desde dónde las vivimos.Durante mucho tiempo creí que vivía desde el amor al cien por ciento. Hoy sé que gran parte de aquello que llamaba amor era, en realidad, una versión idealizada de él. Vivía aferrada a expectativas. Necesitaba que las cosas sucedieran de cierta manera para sentir que todo estaba bien. Intentaba controlar los resultados, adelantar el futuro y evitar cualquier posibilidad de dolor.
Sin darme cuenta, confundía amor con control.
Y en ese intento terminé alejándome de mí.
Me convertí en prisionera de mis propios pensamientos. Descubrí lo exigente que era conmigo, la presión constante bajo la que vivía y la forma silenciosa en que me estaba abandonando.
Entonces me enojé.
Perdí el control.
Me desmoroné.
Y llegué a preguntarme si el amor realmente existía o por qué algo tan hermoso podía provocar tanta confusión, sufrimiento y frustración.
La respuesta apareció poco a poco.
No era el amor el que me estaba rompiendo. Eran mis expectativas.
Mis ilusiones. Mis creencias sobre cómo debía sentirse una relación. Mi necesidad de controlar aquello que jamás estuvo bajo mi control. Mi necesidad de sentirme elegida.
Fue entonces cuando entendí que el verdadero trabajo no consistía en encontrar el amor, sino en encontrarme a mí.
Desde entonces he comenzado a reconstruirme.
A conocerme.
A relacionarme conmigo misma y con los demás desde un lugar más sano, más libre y más responsable. Sigo haciéndolo. Porque el autoconocimiento no es una meta. Es un camino. Y cuanto más me conozco, más consciente soy de cómo quiero vivir.Hoy entiendo que la diferencia rara vez está en lo que hacemos. Está en la intención.
Puedo amar desde la libertad o desde el miedo.
Puedo poner límites desde el respeto o desde el resentimiento.
Puedo marcharme desde la paz o desde el orgullo.
La acción puede ser la misma.
Lo que cambia es el lugar desde donde nace. Cuando actúo desde el amor aparecen la comprensión, la empatía, la gratitud y la confianza. Cuando me alejo de él aparecen el miedo, el juicio, la necesidad de controlar y la sensación constante de carencia.
Por eso observarse se ha convertido en una de las herramientas más importantes de mi vida.
Preguntarme:
¿Qué emoción está guiando esta decisión?
¿Estoy actuando desde el amor o desde el miedo?
No siempre encuentro la respuesta de inmediato.
Pero cada vez la escucho con mayor honestidad. Y entonces comprendí algo que cambió por completo la historia que llevaba años contándome. Quizá nunca estuve en bancarrota romántica. Lo que quebró fueron mis antiguas formas de entender el amor.
Se derrumbaron las expectativas.
Se rompieron las creencias.
Se fracturó la necesidad de controlar.
Y menos mal que ocurrió.
Porque toda bancarrota también es una oportunidad. La oportunidad de reconstruirse conservando únicamente aquello que realmente tiene valor.
Por eso sigo creyendo profundamente en el amor.
Pero ya no desde la urgencia.
Ni desde la carencia.
Ni desde la fantasía.
Hoy me reconozco como una romántica errante.
Una mujer que sigue creyendo en el amor, pero que primero aprendió a caminar hacia sí misma.
Porque las almas errantes no están perdidas.
Solo se niegan a quedarse donde ya no pueden crecer.
Y quizá, después de todo, eso también sea HabitArte.
Deja un comentario